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Una colisión previsible

  • Foto del escritor: Gustarock Galasy
    Gustarock Galasy
  • 16 ago 2020
  • 6 min de lectura

Actualizado: 15 nov 2020

Quedaban pocas semanas para la catástrofe. A ojos de cualquier experto se divisaba un futuro cruel y hasta un presente nada menos que desgarrador. Pero más allá del terreno que abarcaba una información veraz, se encontraba todo lo demás, todo lo que este viajero entendía por mundo, un conjunto casi infinito de personas que vivían en densas penumbras. Se deleitaban compartiendo una realidad absurda que les producía un mejor sentir para con el entorno pero bajo un alto precio, el precio de alejarse progresivamente de la prudencia, dejándose privar de su propia consciencia y de todo aquello comprendido más allá de sus necesidades físicas. Era un pueblo atroz y a la vez casi capaces de convencer a cualquiera de su gran afección por la belleza, incluso el más avispado podía encontrarse en un gran dilema intentando descifrar la silueta de sus amoríos. Compusieron su propio significado de "perfección" y sinceramente... ¡Parecía insuperable!


No obstante...


Me temo que no será todo lo que ellos pretenden.


Siglos de arduo entrenamiento y alumnos desleales nos condujo a este "mundo perfecto". No solo los escritos de origen celestial lo habían pronosticado con exactitud, sino que incluso grades escritores de entretenimiento secular, esos que resultan irresistibles para una sociedad corrompida, nombres a la talla de George Orwell, Ray Bradbury y hasta Aldous Huxley, con valentía aportaron sus mejores esfuerzos por predecir el rumbo de sus inflexibles lectores, quienes aún recibiendo en mano toda la verdad, transliterada de una forma capaz de despertar su mente del profundo letargo que se impusieron, con todo siempre prefirieron tomar por fantásticos esos hechos que irremediablemente tenían que luchar contra toda la fantasía que ya residía en su mente, hechos los cuales, aún poniéndose en su mismo nivel, nunca hubo forma de determinar a ciencia cierta cómo de cerca estuvieron de poner en marcha el intelecto de esa generación a la cual se dirigieron y menos aún a las que le sucedieron.


Todos mis esfuerzos hasta el momento como mucho habían logrado conducirme hasta aquella costa. Sabía que quedaba poco tiempo y debía prepararme a pesar de las limitaciones de mi entorno. La maldad había alcanzado cuotas nunca vistas, era todo un reto acercarse a alguien de forma significativa sin que se llevaran un pedazo de ti en cuanto te comprometías a aliviar el veneno que llevaban en su interior. Notaba como la cautela se me iba escapando de las manos. Buscaba señales en el cielo y no veía nada. Todo se confundía en una falsa normalidad, el mundo era un caos pero orquestado de forma tan excepcional que todos vivían como regentes de su propio reino de mentiras. En mi asfixia, experimentaba lo aplastante que era la posibilidad de ver desparecer muy pronto eso que denominamos valores. Tan grande era la tergiversación que no faltaban motivos para empezar a sospechar el homicidio de muchos principios, partiendo desde la sinceridad, la lista se alargaba por una escala vertiginosa donde cado paso incrementaba exponencialmente la agonía.


Esa noche podía percibir ese funeral silencioso perpetrándose sin un lugar determinado y la víctima tenía tantos vínculos con mi persona que no podía conservar la paz en mi espíritu. Por fuerza mayor había llegado la hora de sumergirme a revisar la quilla, había sufrido desgastes importantes en la travesía y no podía abandonar la embarcación sin antes comprobar el estado exterior del casco ya agrietado por las acometidas, me hice con la linterna y, contendiendo con las corrientes que inciden a pie playa, traté de hacerlo lo más rápido que permitieron mis músculos entumecidos por el desgaste del día. Había dispuesto una toalla en proa con la intención de entrar en calor nada más salir del agua y para mi sorpresa llegando a cubierta ya no estaba allí, mi único recibimiento llegó en forma de un viento cortante que me atravesaba las costillas como astillas de hielo. Los marineros decían que no era cosa suya y así sin presentar ninguna explicación de repente todos dirigían su mirada al cielo.


Sutilmente llegaban los destellos. Era la lluvia de la que oímos hablar en el puerto anterior, estrellas fugaces que a todos nos produjo un interés fuera de lo común. En mi interior surgió un anhelo inesperado por ver... Así sin compromiso como si de una pincelada se tratara... El aspecto que podría tener el fin de aquella generación. Una extraña mezcla entre mi desdicha y la belleza de aquél momento hacían que todo el infortunio que me perseguía terminara por desvanecerse llevándose consigo todas mis quejas. Hasta entonces el desánimo era un amigo con el cual había logrado una convivencia pacífica, me resignaba a su presencia limitándome a no distraerme demasiado de los efectos secundarios que constantemente dejaba en mi puerta, y cuando las cosas iban bien, por mucho que me distrajera como en aquél momento, persistía la sensación de que esa molesta figura no andaba lo bastante lejos...


Y cómo no... Veía mis suposiciones una vez más cumpliéndose ante mis ojos. Sometiéndome a ese ocurrente universo que constantemente intenciona reflejar su carácter literal sobre todo lo palpable, pude ver como se movía la toalla por un cielo con destellos justos como para permitir ver nada suspendido en el aire. Ella se dirigía a la playa como conducida por un rumbo prefijado y no dispuesta a ir muy lejos. Aquella pequeña toalla no era un artículo cualquiera, fue encontrada junto a uno de los mayores tesoros descubiertos en esas tierras hacía muchos años. No estaba dispuesto a perder esa compañera de viaje que tantos altercados había sobrevivido y sin apenas perder su imponente inscripción que solo unos pocos eran capaces de identificar por su recatado origen. Salté al agua convencido de llegar al fin del mundo por ese viejo trozo de algodón aerodinámico.


Llegando a la orilla no fue difícil predecir sus movimientos ni con el frío que empezaba adueñarse de mis huesos, afortunadamente se detuvo muy cerca de mí y entonces pude comprobar que la playa no estaba deshabitada. Instantáneamente aquél sitio evocaba a playas contiguas a la radiante Marraquech. Curiosamente la mujer asentada junto a mi toalla parecía salida de un sueño Árabe de escaso presupuesto, como si hubieran vestido una princesa con los harapos más chillones que tenían a mano. No sabía que intenciones podía tener en esa playa inhóspita y decidí que lo mejor sería tratarla sin contemplaciones, limitándome a recuperar el pequeño tesoro que ahora tenía bajo su custodia. Me acerqué a ella y después de dirigirle la palabra no mostró indicios de representar ningún riesgo considerable. Decidí agradecerle por el gesto y en seguida fui tomado por la intriga.

Quería descubrir qué razón podía llevar una dama de ese porte a encontrarse envuelta a tanta soledad. Dije lo primero que me pasó por la cabeza, algo que no fue lo bastante sensato por mi parte y acabó convirtiéndose en una invitación. Para mi sorpresa en ella produjo el efecto contrario, entendí que podía acercarme sin tanto rodeo, aún sin necesidad de una afirmación verbal algo en ella me decía que tardaba demasiado en sentarme.


Encontraba su forma de hablar irresistible y preocupante a la vez, contenía toda esa peculiar convicción que caracteriza los que estuvieron en presencia del venerable maestro Diáfano y sin embargo la inseguridad de quién nunca siquiera había oído hablar sobre él. Sentí automáticamente una atracción por ella superior a aquellas estrellas que tenían cautivados a todos y me pregunté qué clase de locura me había alcanzado. Miré al cielo esperando una respuesta que no podía encontrar en mí mismo y nada podía avistar más que el recuerdo de los asteroides, los cuales aún desaparecidos del cielo, empezaban a componer en mi memoria unos destellos mucho más potentes llegado aquél momento. ¿Cómo acallar esa voz que no cesa de recordarte el poco tiempo del que dispones?


Sabía que estaba ante una mujer llena de secretos. No podía permitirme el lujo de perder tiempo en aquella playa pero teniendo en cuenta la situación en que nos encontrábamos, ella representaba un desvío asumible, además ningún mejor sitio había para arriesgar tirar tu vida por la borda que aquella playa asentado en suelo firme. No me intimidaba su belleza y a esas alturas ya estaba preparado para no dejarme apegar a un significado de misericordia engañoso. Me comprometí a ser yo mismo aún sabiendo lo poco que duraría aquél episodio y todas las barreras que se presentarían de no saber el momento indicado para detener el tiempo.


Sólo con tenerla a mi lado podía presentir los interminables matices de complejidad que nos envolvería, tenía claro que ella no consentiría aquél silencio por demasiado tiempo, me puse a mirar un punto fijo en el cielo con la esperanza de adelantar los acontecimientos, un punto capaz de revelar todo aquello que estábamos a punto de vivir y, sin previo aviso los destellos decidieron apaciguarse, cuando mi memoria encontró un respiro a través de tantas estrellas desbocadas, evadiéndose de todo y cualquier peligro, llegó hasta mí aquella voz diciendo:


"Imagino que será interesante lo que ves".




 
 
 

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