top of page

El secreto que hizo arder la Corona

  • Foto del escritor: Gustarock Galasy
    Gustarock Galasy
  • 8 nov 2020
  • 29 min de lectura

Actualizado: 15 nov 2020

Después de un largo período en estado de alerta, el personaje que os voy a enseñar en esta historia empezó a sopesar sus posibilidades de reemprender la marcha. Al hacer un breve recuento de efectivos se topó con la cruda realidad, casi todos sus hombres estaban dispersos, tanto confiaba en la fidelidad de aquellos marineros como para dejarlos a su antojo en aquellas tierras traicioneras.


Constantemente repetía para sus adentros "El pájaro que olvida su guarida, representa apenas otro par de alas dispuestas a abandonar cualquier dinámica que lo conduzca a través de la tormenta", no encontraba mejor manera de apaciguar toda la confusión que aquel reino producía en su espíritu. Lamentaba que no estuviesen en el lugar adecuado para valorar cuánta fortaleza se había depositado en el botín de cada uno antes que abandonaran el barco.


Él siempre eligió la fidelidad de sus hombres por encima de cualquier conquista que eran capaces de emprender, pero desgraciadamente el corazón humano tiende a inclinarse por la independencia aunque eso suponga estar rodeado de incontables individuos quiénes en su negligencia se ven atraídos por otros que comparten su misma lógica de encubierto rechazo. Sutilmente acaban mezclándose en ese enmarañado deseo de aceptación y autosuficiencia, generando la satisfactoria ilusión de pertenecer a un selecto clan dotado de potencia suficiente para aplacar cualquier intención de regresar a la cordura. Pierden la capacidad de adelantarse al destino trágico que encierra ese gran conjunto de características que nunca llegan a poner en tela de juicio. Confluyen entre ellas, confundiéndose y camuflándose de manera tal que la separación de cualquier componente puede equipararse a la misma fisión que antecede una catástrofe nuclear.


Pensaba haber instruido bien a sus hombres. El métodos no era de lo más ortodoxo cabe resaltar, a esas alturas lo ortodoxo no significaba nada en absoluto, solo confiaba en trasmitir sus conocimientos de la forma más honesta posible, conservando una inagotable esperanza por cruzarse con alguno de los últimos admiradores de la probidad que aún quedaban, delimitaba bien la procedencia de todo lo que les era facilitado y entonces se sentaba aguardando que fuesen capaces de poner cada cosa en su correspondiente sitio de la balanza. La suerte no jugaba a su favor, llevaban una larga temporada acumulando cosas insanas por doquier, descalibrando y arruinando la mecánica de esas preciadas básculas que en determinados casos ya ni podían cerciorarse de que las poseían.


La situación como de costumbre era propensa a manifestar su carácter problemático pero sin nunca debilitar su entusiasmo. En el mejor de los casos le gustaba pensar que aún quedaban hombres en quienes podía confiar independiente de las circunstancias y hasta se permitía la convicción de que aquellos hombres podían presentarse de inmediato en cuanto llegara el momento indicado, tal vez solo era fruto de su desproporcionada positividad pero aquél ruso exiliado nunca se había apartado de su lado, por muy lejos que se perdiera, siempre lo consideraba a dos millas de su posición y además ahora contaba con un experimentado americano como su segundo de abordo, nunca se había atrevido a echar anclas en aquél puerto y aún no estaba listo para toda la complicación que encierra aquellas aguas, pero mientras mantuviera la deshabitada embarcación bien anclada y a flote, se mantenía la promesa de concederle un timón y todo lo necesario para surcar los mares más amenazadores. La lealtad de aquellos hombres era innegociable, y pronto llegaría el momento de demostrarlo.


No había demasiado que hacer en aquellas tierras, el tesoro escaseaba y a poco estábamos de que se agotase definitivamente, la tensión social aumentaba de forma exponencial por culpa de la Corona, el pueblo ya desprovisto de valores desde hacía muchas décadas aceptaba toda imposición a la que se les sometía, el control psicológico poca relación tenía con favorecer un carácter dócil o colaborativo como él pudo identificar con precisión en épocas anteriores, sino que su premisa inquebrantable era la propagación de la ignorancia, a esas alturas prevalecía como nunca causando tragedias inimaginables que a causa de tanta inconsciencia nadie era capaz de cuantificar y a veces difícilmente podían ser notadas, se orientaban en perfecta armonía con lo que las autoridades esperaban de ellos sin importar la catástrofe que les preparaban a fin de retribuir toda su irresponsabilidad.


Tenía claro que llegaba la hora de marcharse y con todo seguía haciendo sus misiones de bajo presupuesto, constantemente andaba en presencia de algún capitán o sondeando el terreno de acuerdo a las instrucciones del excelentísimo maestro Diáfano, todo ello sin descuidar su labor más elemental; entablar relaciones con la Corona. Seguía involucrándose en las situaciones más controvertidas, capitanes de todo el mundo se veían confundidos por su metodología, los más experimentados eran capaces de divisar el semblante de un distinguido corsario en su rostro aún con todos sus esfuerzos por ocultarlo, por suerte para él, en cuanto se proponían buscar su tripulación no alcanzaban a comprender cómo forjaba sus batallas con un efectivo tan reducido y por si no fuera poco durante sus batallas más intimidantes acababa viéndoselas aparentemente en completa soledad, no entendían cómo podía hacerse él solo con botines que ni utilizando a todos sus hombres eran capaces de lograr. Desconfiaban de sus métodos, se preguntaban dónde podrían estar escondidos los subordinados de aquél pintoresco personaje al que solo podían ver envuelto a un aura de misterio, a algunos les costaba creer que disponía de su propia armada y otros se preguntaban si realmente haría alguna diferencia que la tuviera, dejaban percibir una expectativa atosigante de que en cualquier momento se desencadenaría los sucesos descritos por aquél corsario que ya traía en vilo por demasiado tiempo a los personajes más ilustres. Presentían la furia. Los secretos que albergaban todos sus enemigos nunca escapaban a ojos de aquél hombre. Intentaban convencerse con mil teorías de que el corsario era apenas una pesadilla que tarde o temprano elevaría anclas y se sumiría lejos de su territorio aunque eso supusiera verlo cargar con todo lo que ellos podían atesorar. Cuando intimados a evaluar sus capacidades de combate, apenas llegaban a percibir lo indispuestos que estaban por luchar a favor de logros auténticos, se limitaban a aferrarse en su propósito de conservar una paz ficticia que solo servía para acariciar su ego.


Las elecciones de aquellos hombres nunca lograban realmente amargar los ánimos al corsario, persistía en su objetivo respetando la decisión personal de aquellos individuos y convivía sosegado aún inmerso a un enmarañado de deslealtad y traiciones. Tenía su propio método para no dejarse salpicar, tan sutil podría presentarse la calma como podría desatarse el mayor de los huracanes sin previo aviso, se mantenía en guardia y siempre presto a contraatacar no dejándose ilusionar ni por el más sereno de los entornos. Ofreció sus servicios a la Corona en materia de corresponsal, el pueblo tenía que recibir cuentas de lo que les correspondía, y nadie más indicado para la tarea que este comprometido y diestro paladín, tan ágil en tierra como en alta mar, esquivando y abatiendo cualesquiera que cruzase en su camino cuando así determinara las circunstancias.


En su primera visita a palacio pudo discernir todas las características que distinguían aquél suntuoso imperio, grandes estructuras que hacían volar la imaginación, capaces de transportarte más allá de la realidad, una combinación escogida de colores, formas y los mejores olores, todo diseñado para elevar las expectativas personales a su máxima expresión. En ese escenario fue donde se encontró con el más controvertido de todos los siervos de la Corona, era de la guardia real y tenía bajo su responsabilidad todo el aparato de seguridad que concernía a un castillo de dimensiones insospechadas.


-En estas instalaciones solo puedes librar tus causas haciendo uso de la máscara -le dijo una doncella portando el uniforme de la guardia real en cuanto el corsario se ausentó de las dependencias del ministro.


-Está usted saltándose todos los protocolos -le decía con cierto decoro al forastero.


El corsario sabía hasta donde podían repercutir sus acciones y aquél no era imperativamente el momento para acatar ordenes, sin embargo las facciones de aquella mujer lo incitaban a hacerse con su confianza.


Decidió no pronunciar palabra y como si de una ceremonia se tratase, mirándola fijamente a los ojos propuso palparse la alforja con el presentimiento de no encontrar ninguna máscara como estaba acostumbrado. Para su sorpresa, allí dentro se encontraba el objeto que más enojo le producía para aquél entonces.


-A sus órdenes mi señora -al son de esas palabras se ajustaba la máscara mientras la miraba con una expresión de disgusto inofensiva pero muy remarcada.


Ella, poniéndose nerviosa, dirigió la miranda a un lavamanos posicionado justo a su lado y como impulsada por el sarcasmo exclamaba en tono dubitativo;


-Si se limpia sus manos aquí, ya sería la personificación de la excelencia.


Ese era el mismo tipo de humor del que le gustaba alardear así que decidió devolverle en su justa medida.


-Pero lo haré solo porque es usted.


Tras pronunciar esas palabras, sus miradas ya convertidas en pólvora inflamada se recreaban en el anhelo de no separarse hasta ver como todo volaba por los aires.


-Con las exigencias generadas por la pandemia del coverdead tuvimos que adoptar ciertas precauciones. No quisiera incordiarle pero me encargaron supervisar personalmente el asunto.


El corsario como era de esperarse siempre iba directo al punto que demandaba la situación, y para empeorar las cosas, la belleza de aquella mujer era el incentivo decisivo para mantener la guardia en alto y no andarse con rodeos;


-No quiero subestimar su labor y menos asustarle pero debe saber que le tendieron una trampa.


Ella imaginando que aquello precedía algún tipo de ironía por la sensación que suscitaba aquél primer encuentro, sólo podía mirarle expectante por lo que venía a continuación poniendo su total confianza en el buen servicio que prestaba probablemente apelando a su agilidad en predecir todo riesgo que pudiera irrumpir en aquél castillo.


El corsario percibía como ella involuntariamente le dejaba experimentar toda la confianza que una mirada era capaz de ofrecer arrebatándole cualquier posibilidad de guardarse aquél secreto.


-No lo digas a nadie pero todo este esquema de prevención originado por este mal que azota el reino no es más que un pretexto para conducirnos gradualmente al desastre real, desastre que ya alcanza proporciones de una índole oculta tan descomunal que le costaría imaginárselo.


No estaba acostumbrado a expresarse sin ningún tipo de resistencia y aquella situación empezaba a suponer todo un deleite para sus oídos. La voz de la doncella era suave, hablaba sin titubear, como quién se encuentra al margen de cualquier peligro que ofrezca su interlocutor. Podía trasmitir tanto una declaración de inocencia con su voz como un gran sentido de la responsabilidad, y este último por muy acentuado que se mostrara nunca llegaba a prevalecer contra su dulzura.


-Si eso llegara a ser cierto, mi labor todavía se reduce a salvaguardar esta fortaleza -exclamó la oficial.


-No si conservas cierto grado de lealtad para contigo misma -replicó el corsario.


-Gracias a mi lealtad puedo conservar los honores de mi posición -dijo tomada por un sentimiento de satisfacción incitando el corsario a mirarle profundamente a los ojos barajando una posibilidad de cruzarse con su alma y cuando obtuvo un ligero atisbo de efectividad exclamó;


-Le aseguro que estaría en mejor posición sin las condiciones que exige su oficio.


Le preocupaba que sus intenciones fuesen percibidas como un menosprecio hacia su rango pero ella no cambió el semblante e incluso parecía más intrigada llegado aquél punto.


-Me limito a hacer lo correcto. La gente está muriendo -dijo ella.


-Y si alguien le dijera que existe una cura eficaz y disponible a toda la población pero, igual

que no permiten difundirla, tampoco permiten la difusión de toda la verdad avasalladora concerniente al coverdead.


En ese momento aparecieron los auxiliares del ministro con su cargamento.


-Ya está todo mi señor -dijo uno de ellos con gesto honorable.


El apuesto corsario ostentando una impecable profesionalidad, como quién tenía la seguridad que aquella doncella estaría allí esperándole cuando volviese, le dirigió un sonrisa con la mirada y hasta se permitió dirigirle la mano, gesto que más tarde consideró haber sido un punto débil en su cortejo.


Tal vez le sorprenda estimado lector pero tampoco el corsario pudo darse cuenta de haberla cortejado hasta que ya no la tenía delante. Vale la pena resaltar que este no es un personaje muy habitual entre las historias de caballeros, aún disponiendo de un buen arsenal de habilidades capaces de atribuir renombre a cualquier guerrero, no era posible decirse ni tan siquiera que el cortejo aspiraba entrar en esa lista, sus convicciones le han ocasionado muchos desengaños en las más diversas áreas y esta siempre quiso anteponerse a todas ellas. Afortunadamente su ávido corazón nunca dejó lugar a situaciones extremas de enojo o venganzas, todos sus amoríos fueron interrumpidos conteniendo grados muy significativos de lealtad y ardiente pasión. El fallo se encontraba en asuntos menos difundidos en nuestra época, era ese pertinente fallo que empezó a simular rasgos en el acervo de nuestras cualidades actuales, el fallo que atacaba tanto a parejas como a solteros por igual, le habían asignado el nombre de "Conceptos amorosos". Se trataba de una especie de miles de reglas de comportamiento que mantenían ocupadas a las parejas intentando crear su propio universo utilizando como herramienta las ilusiones de un mundo arruinado, eran bombardeados por distracciones confusas, que si amor libre por un lado, que si el amor no entiende de esto o aquello otro por más lados. ¿De qué sirve asignarle lados a algo que ni base posee? El desastre estaba asegurado... Habían renunciado completamente su libertad por un "Todo el mundo piensa diferente. No debes juzgar a nadie aunque lo encuentres asfixiándose en su propio vómito colgado por el cuello de un precipicio lleno de tiburones ansiosos por despedazarle." El aprecio por la vida de otros seres humanos y la de tu propia pareja era algo que ya no estaba permitido demostrar porque habíamos empezado a vivir bajo las garras del amor conceptual, ausente en preceptos, sostenido únicamente por fantasías abocadas al fracaso.


Al final, aún sin constituir una razón de peso, el corsario intentaba reservar energías para las grandes causas. Lidiar tan de cerca con los ideales de aquella generación era algo que ya le consumía en exceso. Se resistía a dejarse encandilar por los caprichos de una mujer, nunca le pareció justo que ellas poseyeran la particularidad de conservar sus funciones completamente estables ante la ausencia del sexo opuesto y en cambio él como hombre tuviese que mediar con el deterioro de sus habilidades si pasaba demasiado tiempo sin acercarse a una mujer, había que encontrar una forma de quejarse públicamente frente tal injusticia, llevaba sus capacidades al ápice de su expresión, privándose de la recompensa segura que reside en los brazos de una dama afanándose por demostrar que nadie exterior a sí mismo era digno de arrebatarle la cordura.


Dejando aparte sus excusas para despistar al lector del poco interés que le pone a los cortejos, existían realmente aspectos determinantes que lograban sustraer su admiración de aquellos seres endiosados por la sociedad, nunca pudo creerse la leyenda de que los sentimientos de las mujeres deben recibir un trato especial y con privilegios respecto a los de su género, al oír esas palabras incluso le pasaba por la cabeza que podrían ser de una raza especial, era una teoría que nadie podía respaldar de modo que intentar ser comedido con ellas por pretender ser frágiles no era algo que les atribuía mucho encanto. ¿Quién determinó que sean frágil? Aquello no le cabía en la cabeza.


Un poco más allá de todas las críticas sobre complicaciones ideadas por una sociedad envenenada que disfrutaba prolongando el fatídico estado civil de nuestro caballero... En la corte del palacio había conocido infinidad de doncellas, y eso, lejos de dificultar sus objetivos, potenciaba su voluntad de personificarse en aquél sitio, estaba la hermosa consejera de la reina con esos ojos en los que era capaz de contemplar toda la inmensidad de un océano cristalino, en ocasiones especiales exhibía su larguísima trenza dorada dejándolo completamente fascinado, aquello superaba todo lo que había visto con anterioridad. Ella se apegó al corsario nada más verlo hablar con los oficiales de la guardia, desde aquél primer contacto y todos los que le precedieron, ella siempre le guardaba algún mote cariñoso que le hacía derretirse en sus adentros. También había una majestuosa duquesa que le contaba bastantes secretos de incumbencia real concernientes a las fortificaciones del reino, ella poseía un rostro angelical y el busto más espectacular de toda la corte. Le impresionaba ver tantas doncellas de porte imponente buscando su atención.


Nunca llegó a comprender realmente de dónde surgía toda aquella admiración, hasta entonces creía que él era la única persona que defendía alguna posibilidad de descubrir aunque sea una miserable pista sobre cómo llegar a las sendas del cortejo. A pesar de todo allí estaba él rodeado de ojos eufóricos por encontrarse con los suyos. Para sorpresa de todos, en el momento que aparecía la doncella de la guardia real, por muy limitada que fuera su belleza en comparación a todas las que allí se encontraban, no había manera de quitarle los ojos de encima, las demás automáticamente dejaban de existir y se ponía a atender una voz que le incordiaba cada vez que la doncella hacía su aparición, repetía siempre lo mismo; "Ella es la heroína".


-Hoy no hay máscara -dijo entusiasmado el corsario cuando volvió a tenerla frente a él.


-No se preocupe, yo me encargo -espetó la oficial de la guardia como recordando lo que había oído de su boca la vez anterior; "Solo porque es usted".


Pronto el corsario se daba cuenta que no podía estar dentro con ella mientras esperaba su cargamento y comprendió el error. Más tarde sin saber exactamente la razón, aquello empezaba a tomar matices más intensos a pesar del fallo, la doncella mantenía su posición aún atenta a sus tareas, siempre pendiente del estado de su mercancía y constantemente cruzaba la mirada con él solo para recordarle que su sitio estaba allí dentro, próximo a ella.


Cuando faltaba poco para completar su carga y volver a comunicarse con la oficial, llegó a caballo una dama que hacía mucho tiempo le debía una excusa al corsario por su deshonestidad. Ella lo miró como si fuera el único hombre sobre la faz de la tierra y en seguida procuraba ilusionarle con todas las palabras bonitas que ella consideraba ser su punto débil. Le asombró lo cruel que podía ser la mujer porque le reveló un montón de puntos en apenas unos segundos. Afortunadamente veía a lo lejos la oficial que ya se dirigía hacía ellos cuando la dama preguntó:


-¿Qué haces aquí fuera?


-No me permiten estar en el recinto sin los medios de protección oportunos -dijo mirando la doncella que se acercaba al portón, aumentaba gradualmente el timbre de su voz dirigiendo su interés completamente a la mujer que se encontraba dentro.


-Desea que yo me ocupe de su voluntad? De todas formas debo entrar -dijo la recién llegada mientras la puerta se abría.


-Tengo a la mujer más atenta del mundo pendiente de mi esta noche -respondió mirando la oficial y olvidando totalmente que contestaba a otra persona.


Los dos se quedaron parados uno frente al otro experimentando un instante que parecía interminable, hasta que la recién llegada dijo algo y entonces la oficial tuvo que tomar la palabra;


-La próxima vez trae la máscara.


-No... ¿Quién me iba a cuidar tan bien sino? -dijo de forma retórica el corsario con una convicción hasta entonces desconocida y una sonrisa que le daba mil vueltas en la cara.


La mujer del lado de fuera hizo gesto de que iba a entrar y el corsario se apartó de la puerta mirando la expresión de incredulidad que ponía la oficial.


-Que te vaya bien -dijo rendida la dama que cruzaba la puerta pero el corsario tenía la mente tan entretenida con la oficial que solo pudo asimilarlo una vez que ya había entrado, le lanzó un "gracias" con demasiado retraso y lo más probable es que nunca sepa si ella tuvo tiempo de escucharlo.


Conoció aquella dama durante sus reportes donde veía personalidades de todo tipo, desde los más apegados a la Corona quiénes no divisaban nada más allá de su ciega lealtad a un sistema del que no sabían a ciencia cierta cómo se ideaban las órdenes, hasta los que conocían la podredumbre del sistema y con todo seguían a favor de mantenerlo. Le parecía absurdo el número de individuos que se encontraban al margen de la verdad. Supo desde el principio que no necesitaba ser un experimentado investigador ante aquella situación que empezaba a dibujarse, que sus dotes para el espionaje sobraban ante tal cantidad de evidencias llegando a sus manos sin apenas medir esfuerzos, comprendió que no era la capacidad de difusión sino la irresponsabilidad personal de cada individuo lo que les mantenía en una profunda ignorancia. Las evidencias tenían un peso aplastante e incluso las pruebas más obvias estaban a vista de todos sin exigir a nadie una búsqueda profunda por documentación. El epicentro de la plaga tuvo lugar en el reino más dominado del que tenían constancia, el mismo que tiempos atrás se alzaba como el gran imperio Chino, se mantuvo muchas décadas en el anonimato, ocultando información referente a sus ciudadanos, el resto del mundo por mucho tiempo mantuvo la mirada en otro sitio mientras el reino ganaba fuerza y esclavizaba a sus habitantes. Todos vieron como la plaga se extendió desde aquél reino hasta los lugares más recónditos del planeta pero pocos se preguntaron cómo fueron los únicos capaces de recuperarse definitivamente de su azote, ni siquiera se preguntaban quién gestionaba aquellos números que constantemente vaticinaban muerte y destrucción, se limitaron a alabar sus métodos sin cuestionarse lo que había por detrás, a nadie le interesaban las pesquisas que avalaban el fatídico recorrido de ese reino que durante varias décadas recibió el impulso económico de los reyes peor intencionados de toda la tierra a cambio, claro está, de ser los pioneros en implantar sus métodos de control.


Una gran población sometida es el paso fundamental para corromper el resto de la civilización por muy lejana que se encuentre de sus ideales. China descartó la prudencia, se agarró de forma egoísta a su propia historia, defendiendo fábulas que tenían por única función mantenerlos distraídos, y en efecto, su irresponsabilidad distrajo al mundo entero. Terminaron ofreciendo el poder en bandeja a individuos mal intencionados, hombres tiranos quiénes los condujo a vender su propia libertad por algo de entretenimiento, doblegaron su voluntad enmascarando todo indicio histórico que pudiese devolverles la coherencia, se convirtieron en hombres inestables, propensos a considerar confuso todo aquello que llegase de lejos, preferían reservar sus energías en lugar de exprimir la verdad de aquellas historias fantasiosas que alcanzaban sus puertas, se resignaron a una realidad menos fantástica con el único consuelo de mimar los vestigios de un sentido común que ya no les conducía a ninguna parte, defendieron una realidad absurda alegando el mezquino propósito de hacerle honor a su concepto de ahorrar fuerzas.


Ahora el resto del mundo, que por largo tiempo venía caminando en la misma dirección, intenta consolidarse como testigos de su propio abate, sin comprender el proceso de su propia destrucción y de cómo la irresponsabilidad generalizada permitió que el gigante Chino los tragara a todos. Sus métodos para contener la plaga demostraban ser infalibles, tener a ciudadanos más allá de bien documentados y monitoreados a todo instante, el acuerdo era ineludible por muy ocultas que fuesen sus cláusulas y poseía características auténticas de pacto: Confiar la gestión de sus propios pensamientos enteramente al antojo del adversario, concluyendo así la estrategia más despiadada que haya podido forjarse en la mente del enemigo.


Lejos quedaban los tiempos en que los seres humanos eran conscientes de su responsabilidad para con el auténtico dueño del suelo en que pisaban. Como un incansable juego de ajedrez a través de los siglos, los humanos multiplicaron sus rencillas, dando lugar a una deslealtad descomedida, innumerables trampas y distracciones venidas del submundo les hacía descuidar el compromiso que tenían para con su prole, crecían en la ignorancia entregados a su suerte, el egoísmo campaba a sus anchas siglo tras siglo, acababan totalmente a merced de lo que hoy solemos llamar "creadores de contenido", gente que sin la influencia del submundo ya causan demasiados estragos de forma que resulta imposible cuantificar toda la distracción que ha generado esa casta corrompida desde el principio de los tiempos.


Infelizmente bastante tiempo ha transcurrido ya desde que pasamos por esa línea de no retorno donde la humanidad con su deslealtad alcanzó cuotas tan insostenibles como para alguien sentirse incomodo hablando de historia auténtica y corroborable con individuos tan llenos de contaminación que prefieren aceptar la destrucción como única vía capaz de atribuir sentido a sus vidas.


Entre tantos matices, idas y venidas que el corsario emprendía, distintos lugares y distintas compañías, a cada paso parecía incrementarse la resistencia que aquél sistema ofrecía, le sobraban motivos para disgustarse, pero a pesar de toda la decepción, mantenía bien asegurado entre sus tesoros la ubicación del refugio más excepcional que alguien pudo concebir, con disciplina férrea mantenía bien resguardado los recuerdos del maestro Diáfano, sin importar la situación en que se encontrase, ese lugar tenía la facultad de restituir sus fuerzas casi de inmediato, y además ahora contaba con algo que llevaba tiempo sin experimentar, un anhelo constante por volver a ver la doncella del castillo, y cómo no... Cuando menos esperaba acababa viéndose plantado frente aquellos portones.


-Esta vez será distinto -decía para sí mismo imaginando que sería un poco más cortés.


Llegó al palacio con toda la confianza depositada en su encanto recién descubierto. Luego recordó que la confianza siempre le jugaba malas pasadas. No se había centrado en los por menores. Estaba a punto de desobedecer otra orden que representaba un error sin forma posible de remediar... No tenía máscara.


Mientras la doncella venía a su encuentro aprovechó la distancia para empezar a hablarle con antelación.


-Me salvaría la vida en un día como hoy -le dijo sin preámbulos armado apenas de una sonrisa.


-¿¡Dónde está su máscara!? -dijo mientras adoptaba un semblante de desaprobación.


El corsario no pudo hacer otra cosa que mirarle echando mano de toda humildad de la que disponía. Al darse cuenta que ella había bajado la guardia, empezó a perfilar una mirada de complicidad que cogió a ambos por sorpresa.


-¿Qué tal se encuentra mi señora? -preguntó probando un gesto de sumisión.


-Le dije que se traiga la máscara... -titubeaba ella llena de inquietud.


-No se le ve como de costumbre... -dijo mirando cada trazo de su rostro.


-¡No puedo estar haciendo esas cosas para ti! -exclamó mientras adoptaba una posición de guardia.


¿Tuviste un mal día? -preguntó reflejando tanta preocupación que no le dejaba cabida a la indiferencia.


-Empezó en cuanto apareciste... No puedo contigo -susurraba consigo misma decepcionada.


-Es usted mi heroína. Seguro que puede. -dijo tal cual en un impulso de valentía.


-Eso no es as... -dijo turbada intentando terminar la frase y propinándole una mirada fulminante.


Con sus escudos rebasados solo pudo limitarse a dar la vuelta con semblante serio escupiendo palabras con entonación militar;


-Espere ahí, buscaré sus instrucciones.


Al cabo de un rato salía un cargamento rozando contra los portones y averiando las bisagras, cuando ella vino a verificarlo, no parecía demasiado interesada en el mecanismo por como analizaba disimuladamente al corsario, su presencia realmente la inquietaba.


-Lo acabo de romper porque me enfadé con los protocolos absurdos que nos impusieron -tarareaba el corsario intentando sonar irónico pero le salió el tiro por la culata porque no podía bromear con algo así.


-A veces por cualquier golpe se bloquea -dijo ella desconfiando un poco menos de aquél hombre sin mascara en su puerta.


-No fui yo -dijo de forma seca sin tener claro como arreglárselas y cuando ella empezaba alejarse le dijo;


-Yo nunca te haría eso -tuteándole con un tono tan romántico que se sintió ridículo.


Ella volvió con sus instrucciones e intentó despedirse recalcando lo importante que era la máscara entre otras cosas que no pudo asimilar porque tenía un semblante muy severo. Por su parte él sólo quería amenizar la situación antes de marcharse así que consideró aquél un buen momento para revelarle un secreto;


-Si te sirve de consuelo, que sepas que... -después de una ligera pausa contemplando sus ojos, terminó diciendo;


-Acabo de venir de la playa.


Por un momento ella se quedó inmóvil, dio unos pasos hacia atrás conteniendo una sonrisa majestuosa y hablando de forma retórica;


-¿Por qué eso me iba a servir de con... -en ese instante su risa ya no le permitía hablar.


-Tal vez eso te animaría, quien sabe... -dijo mientras se alejaba esforzándose por congelar aquella sonrisa en su recuerdo, luego girándose sincronizados, cada uno volvía a su misión.


Pocas veces al corsario le impuso tanto respeto tocar temas de actualidad con alguien, sabía que ella se encontraba completamente entregue a la Corona, no era posible cuestionar tanto tiempo de servicio sin enfrentarse a una ardua resistencia.


Estaba cansado de reservar sus mejores métodos con personas que apreciaba incluso por encima de sí mismo sólo para descubrir más tarde cuánto esfuerzo puede uno ser capaz de desperdiciar. Frecuentemente tenía ocasión de comprobar cómo los tesoros más valiosos no podían ser datados por quienes nunca se esforzaron en encontrar tal riqueza, los patrones estaban allí y daban resultado, identificaba el factor que llevaba a fracasar la mayoría de sus maniobras fallidas, pero no entendía como algunas personas eran capaces de saltarse todos los patrones. Por desgracia no era suficiente ni poniendo todo su corazón, los resultados satisfactorios se rigen bajo designios propios incluso donde todo apunte al éxito, de eso no le cabía ninguna duda. En determinadas situaciones la mentira llega arraigarse de forma tan sólida que solo queda limitarse a enseñar lo consumidos que están por tantas ideas preconcebidas, conservando una disposición casi nula para hacer frente a cuestiones que amenacen sacarles de su zona de confort. Muchas veces sus posibilidades de cruzar la línea de partida se reducían a cero, se dejaba de divisar desde cualquier ángulo la posibilidad de alcanzar el terreno de los hechos, las evidencias se veían eternamente resignadas a quedarse al margen, en cuanto se acercaban demasiado, aquellos individuos encontraban ante sí el terrible riesgo de modificar su realidad, y aún en nuestro tiempo sigue sin existir mayor afronta al ego que ese pequeño conjunto de palabras, la realidad puede cobrar un grado de toxicidad tal como para destruir toda capacidad de aprecio por lo desconocido.


Realmente el entorno de aquella oficial era algo que él conocía al detalle, pero si había algo a lo que estaba acostumbrado era a los terrenos inestables. No era algo nuevo que su corazón intentara obligarle a cometidos imposibles y siempre terminase por encontrar algo de familiar en las causas perdidas, no podía huir de ellas porque comprendía que nadie, y menos él, podría estar en posición de determinar lo que estaba fuera de sus posibilidades.


Aún habiendo grandes peligros aspirando quitarle el sueño, el corsario contaba con la fortuna de llevar su existencia de forma complaciente, todas las leyes básicas de la constancia le fueron entregues por manos de su maestro Diáfano, razón que dejaba evidente todas aquellas cuestiones que escapaban a su control y de las cuales no tenía motivo para contristarse por mucho que implicara modificar sus deseos más excelsos. Reiteradamente dedicaba sus esfuerzos a tareas de reconocimiento con la esperanza de registrar y desbaratar lo antes posible cualquier dilema ansioso por plantarle cara. Entre sus mayores rivales el tiempo se consagraba como uno de los riesgos más extremos, permitir el paso de este sin ocuparse de sus enigmas tal vez constituyera el único dilema capaz de desvelar su auténtico enfado, siempre procuraba mantener sus efectos lejos de su recuerdo por temor a recaer en la indignación que produce sus designios.


Mal sabía él que estaba a punto de experimentar las amenazas de su peor adversario, y esta vez pretendía hacer una visita acompañado de todas las terribles consecuencias que le caracterizaba. Por un período importante y para alegría del corsario, se disminuyeron los intervalos en que debía volver a la fortaleza, todo favorecía un presagio alentador salvo por un inquietante detalle...


La oficial ya no estaba en el castillo.


A cada visita que hacía a aquél sitio, le aumentaba la sospecha de que el tiempo volvería a cometer una de sus mayores injusticias. Intentaba no levantar sospechas evitando que se relacionara la guardia real con sus propios asuntos que en nada beneficiaban los propósitos de la Corona. El tiempo volaba y visita tras visita sus expectativas se veían forzadas a menguarse, le pasaban toda clase de teorías por la cabeza. ¿Cómo alguien que tanto había denunciado a la Corona podía esperar que sus pretensiones siguieran en sigilo? ¿Cómo no pudo darse cuenta que tarde o temprano alcanzaría a los altos cargos su férrea declaración de guerra al alto mando? ¿Sería la desaparición de la oficial apenas un efecto secundario más en aquella lucha que ya se había cobrado algunas de sus relaciones más íntimas?


Empezaba a tomar forma en su mente una estrategia novedosa, buscar una manera de servir a la Corona sin que su inquieto corazón fuera la causa de mayores percances. Se planteó un cambio de oficio, trasladarse a cualquier ocupación que le ofreciese mayor anonimato. Le preocupaba no tener tanto alcance sin embargo cada vez se hacía más aplastante una especie de presión sobre su pecho cuando se presentaba ante los portones de aquella fortaleza. A medida que el tiempo transcurría, mayor se hacía la convicción de necesitar medidas extraordinarias. Continuamente paseaban por su cabeza las leyes fundamentales de su maestro animándole a no bajar la guardia, a no ceder ante el mayor de sus enemigos, hasta que el recuerdo de la oficial empezaba a despojarle de todas sus defensas, evocando todos aquellos que habían quedado en alguna parte del camino, rendidos ante las sutiles trampas que nunca vieron llegar. Ese probablemente fue el momento en que decidió abandonar sus métodos.


En uno de sus últimos pasos por la fortaleza, podía sentir en la piel el peso de la nostalgia

que ya traía sus molestias sin apenas tratar de olvidar aquél odioso castillo, seguían estando allí todas las hermosas doncellas que nunca dejaron de hacerle reverencia, persistían aquellas miradas curiosas que siempre venían acompañadas de una modesta solicitud por intimar. Incluso con todo lo vivido en aquél sitio, no era difícil mantenerse firme en su determinación, llegado el momento en que su corazón se atreviese exceder la línea del secretismo y permitiese verse con alguien públicamente, todo volvería a aquél fatídico estado que a costa de tantas repeticiones ya empezaba abrazarlo como su estado natural.


De esa forma, extraviándose en su fracaso, con el alma inmersa en una especie de añoranza precoz y despiadada, de súbito y sin ánimos para asimilarlo, veía acercarse una mujer con el mismo uniforme y porte de la oficial, venía por el extremo opuesto de un gran pasillo, en cuanto su mirada se posó en ella su corazón decidió enviar por los aires toda la disciplina que había obtenido durante años, no había forma de dirigir la mirada a otra parte, por muy largo que fuera aquél pasillo... Era ella.


Ninguno de los dos fueron capaces de apartar la mirada durante todo el recorrido hasta encontrarse frente el uno del otro. Una vez más los que estaban presentes en aquél lugar perdían toda la atención del corsario sin importar la naturaleza de los asuntos que traían entre manos. Mantenía claro su propósito pero ni eso conseguía frenar aquella sonrisa involuntaria que lo había tomado por completo. Ella se paró antes de terminar el pasillo observando su reacción y él abandonó su posición para irle al encuentro.


-Pensaba que habías hecho lo que me dijiste y te habías pasado a un oficio mejor.


-Espera, me parece que fui yo quien te dijo eso la primera vez que nos vimos -dijo el distraído corsario prisionero de sus encantos.


Inmediatamente los dos notaron que aquello había sonado demasiado alto dando lugar a la posibilidad de perjudicar la oficial, el corsario recobró la compostura y se agarró con más fuerza a su promesa. Buscó signos en ella que disminuyesen su interés y no parecía haber nada hasta que echó un vistazo a su pelo con la intención de crearle defectos él mismo caso fuera necesario, su pelo era cortísimo, lucía como un varón corriente de pelo bien recortado pero nada habitual en una dama.


-¿Cuanto hace que tienes pelo corto?


La doncella no sabía como encajar la pregunta -¿Acaso eso es lo que debes decir cuando llevas mucho tiempo deseando ver a alguien? -probablemente querría haber dicho.


-Unos dos años ¿y tú cuanto llevas con un pelo tan largo?


-Unos dos años.


-¿Siempre lo tuviste así?


-Nunca.


Las coincidencias ya superaban los nervios al corsario. Imaginaba lo hermosa que podría estar con su pelo y que era él quien debería llevar el pelo como ella lo tenía. En una reacción infantil difícil de explicar se pusieron a hablar de cosas irrelevantes. El corsario encontraba dificultades buscando formas de contenerse y la dama no parecía tener intenciones de facilitarle la tarea. Solo querían estar allí, en aquél instante preciso, no importaba lo que viniese después ni preocupados estaban con el contenido que pudiesen tratar en ese momento.


-¿Qué te gusta hacer, tocas algún instrumento? -le preguntó ella iniciando la ronda de preguntas más comprometedoras.


-Disfruto escribiendo, pero puedo arañar unos acordes en la guitarra... ¿Y tú? -preguntó sobresaltado.


-Toco el banjo -dijo con una expresión de dignidad.


El corsario se echó a reír de forma desproporcionada recordando las canciones cómicas que guardaba en la memoria.


-Ya sé, ese instrumento que suena a chiste -dijo intentando no enfadarla.


-Ya, ese... ¿Y qué escribes tú?


-Es algo complejo, diría que son temas filosóficos... -Dijo con cierto tono de seguridad, aún sabiendo que sus escritos no podían clasificarse en una categoría tan vergonzosa. Desafortunadamente no se podía vincular con las cuestiones que él deseaba, en su mundo ignoraban demasiadas cuestiones, la mayoría de la sociedad no se tomaba ni la molestia de examinar la procedencia de sus escritos y sólo podían incluirlo en el patético grupo que encerraban sus asuntos morales.


-Me gustarías más si te hubieses guardado esa parte -dijo ella poniendo una mirada llena de pretensiones.


-He escrito una Novela... -confesó el corsario asumiendo que lo anterior le llegaría a disgustar por ausencia de información.


-No había imaginado que llegaría a tanto esta conversación -dijo ella entusiasmada.


-Pero decidí no acabarla -asumió cambiando su semblante por completo en una fracción de segundo como evocando los recuerdos más impactantes que una persona puede albergar.


-¿Por qué? -preguntó la oficial pasando por alto un notable empeño del corsario por empezar otro tema.


-Demasiado impacto... -Afirmó limitándose a exponer lo que estaba ocurriendo dentro de su mente. Era consciente de todos los motivos que lo llevaron a cancelar uno de los mayores proyectos literarios que la humanidad era capaz de concebir y le reconfortaba la seguridad de nunca tener que dar explicaciones a nadie.


-¡Quiero leer algo que has escrito! -exigía ella intentando conservar la compostura.


-Hmmm Vale... Buscaré una manera atractiva de presentártelo.


El corsario no pudo percatarse a tiempo que su frase representaba una promesa y se sorprendió con todo el disparate que empezaba a tener lugar de repente. Despertaba de un sueño que se había vuelto tan complaciente como para hacerle dudar de su autenticidad.

Llegó a imaginar lo inflexible que sería aquella situación y la naturaleza del error que empezaba a perpetrarse ante de sus ojos. Muy pronto la prudencia se presentaría delante su puerta pidiéndole cuentas. Sutilmente el antiguo dilema volvía a reclamar su lugar de destaque en su razonamiento ¿Escabullirme lo antes que pueda o dejarme llevar por lo que siento cuando ella se cruza en mi camino? La confusión es real decía el corsario a sí mismo.


Tal grado de confusión no permitiría que la volviese a ver en vida, al menos de eso el corsario podía estar seguro mientras se dirigía a la puerta. Le colmaba la certeza que cada parte de su ser prefería no apartarse de ella, y aún así cruzó la puerta reuniendo toda la valentía que era capaz de retener. Llegando al otro lado se encontró frente a dos damas sin máscara. Recordó todas las injusticias que aquella gente apoyaba quien sabe tal vez de forma inconsciente pero eso seguía sin excusar una sociedad adicta a la ignorancia. Miró a su doncella por última vez al otro lado intentando no delatar ninguna intención en sus ojos, esperando que resultara un adiós sin mucha relevancia sentimental. Qué ingenuo. Ella no le permitió retirar la mirada y él procurando no dejarse llevar le señaló las mujeres de afuera diciendo que querían entrar. Se cumplía con una frecuencia asombrosa la regla que con ella ninguna esperanza podía desarrollarse de acuerdo a lo previsto... Al menos esta seguridad empezaba hacerse recurrente en su cabeza.


Ella salió fuera sin importarse demasiado con las mujeres preguntándose si aún le quedaba algo que decir al corsario.


-No te entiendo.


-¿Dejarás pasar a esas damas? -dijo sin importarle lo más mínimo aquellas mujeres y antes que ella siquiera las mirase ya habían sacado mascaras de no se sabe dónde y agradeciéndole el gesto cruzaron al otro lado dejándolos solos.


-A mi si me dices de quedarme, yo me quedaría aquí -profirió sin comprender si aún era capaz de hacer algo bien y después hizo sus mejores esfuerzos por corregir aquello.


-Quiero complacerte para que no te enfades con los siervos del rey -pronunciaba evadiéndose de toda pretensión de cordura resignándose a los golpes que experimentaría su corazón más tarde y eso le dio ánimos para atreverse a marcharse costara lo que costara.


-Tú eres el único que me enfada -espetó ella con la convicción de quién solo puede justificarse bajo designios del romanticismo.


El corsario no podía ver como se alargaba más aquella situación y la miró a los ojos como si intentara decir que deseaba mantener su reflejo por siempre en aquél bello par de ojos. Le hizo una señal de confirmación con la cabeza como si estuviera obsequiándole toda la confianza que nunca nadie recibió, aún sin entender bien el por qué de aquel gesto acto seguido reemprendía su marcha.


Al principio le costaba comprender que el amor pudiese figurar tanto riesgo, provocando tal convicción de indestructibilidad y a la vez convertir a su presa en el más vulnerable de los seres. Sus peores preocupaciones se aferraban a esa premisa ¿Quién iba a buscarle algún motivo para frustrarse? … ¡Podía explicarlo!


-¿Cómo iba aceptar tanto peligro? -se preguntaba siempre que percibía indicios de la oficial paseándose por sus recuerdos. A partir de ahora tendría que convivir con aquello. Ese era el precio de mantenerse al lado correcto de la prudencia.


Abandonó sus obligaciones con la Corona. Tuvo por fin la ocasión de confirmar una de sus más desafiantes teorías. No puedes colaborar con el enemigo aspirando ganarle ventaja en su propio terreno. En todo caso podrás estar en su terreno, pero colaborar con él radica siempre en una declaración de insensatez. Tal vez no llegues a usar sus armas pero cuenta más lo que eres capaz de hacer que lo que haces realmente. Sintió un alivio que no creía necesario experimentar nunca, asumió que a partir de aquél momento jamás volvería a infiltrarse.


Se propuso llegar únicamente a quiénes estaban a su alcance, dejando a un lado las misiones extravagantes. Por una parte siguió trabajando tan duro como de costumbre y me atrevería a decir que incluso más pero respetando los límites que se había impuesto. Se trasladó al campo donde encontró la magnífica oportunidad de quemar todas esas energías contenidas durante su juventud. Pocas tareas lo mantenían ocupado en la ciudad. No era un lugar agradable donde estar, incluso antes de iniciarse lo que tenían preparado para aquella generación.


Empezó a cambiar embarcaciones por caballos, las cosechas empezaron a ser su campo de pruebas, allí disponía de todos los estímulos y preparación física necesarias para mantener la guardia bien alta, siempre listo para cualquier imprevisto, pocas cosas tenían tanto peso como aquella conjetura palpitante en su instinto, los imprevistos seguirán a la orden del día pero, sus días como corsario parecían haber llegado a su fin.


Muchos de sus hombres desaparecieron de acuerdo a sus previsiones pero aquellos que guardaban sus instrucciones llegaban a experimentar una habilidad táctica tan distinguida como para ser convocados ante la presencia misma del prestigioso almirante Diáfano. Sus días se volvieron tan placenteros como para pasearse con su corcel por las ciudades del imperio, seguía apreciando la capital de aquél reino donde parecía reinar un incomprensible aire de paz.


Tanta era la paz que en un momento se distrajo entrando a una esquina y en un parpadeo sucedió algo que nunca se vería listo a afrontar, tenía de frente viniendo a su encuentro la oficial de la guardia. En todo aquel enorme reino las posibilidades de verla eran prácticamente inexistentes, al principio sólo pudo percibir una gran similitud sin saber exactamente a quién le recordaba, ella lo miraba de frente en su propia ruta, sin privilegios como si de un desconocido se tratara incluso teniendo el rostro al descubierto, pero entonces se cruzaron a unos pocos metros y él descubrió con asombro que detrás de aquella máscara se encontraba la oficial.


Ella dejó de mirarle al notar que él sabía que era ella y continuó su recorrido dejando la impresión de que aquello no estaba ocurriendo, no dio señal alguna ni disminuyó el paso, absolutamente ningún movimiento peculiar que revelase su interés en él. En cambio él mantuvo su corcel inmóvil mirando sin parpadear la mujer que se iba alejando cada vez más por detrás suyo, el mismo efecto lo volvía a tomar, no era capaz de mirar a ninguna otra parte, con la única diferencia que ahora ella lo repudiaba.


De pronto se paró, empezó a buscar algo en su bolso, cogió lo que parecía ser unas llaves, se preparó para abrir la puerta de su casa y entonces levantó la mirada, sus movimientos tenían la fluidez de quien parece haber ensayado algo durante mucho tiempo, dirigió su atención en dirección al corsario comprobando detenidamente su expresión y de repente sin que nadie lo advirtiera volvían a encontrarse luciendo cada uno su chistosa sonrisa.




 
 
 

Comentarios


bottom of page