
PROTOCOLO 2
EL SECRETO
Existe un reino en la historia de nuestra civilización que logró verse libre de la potestad absoluta de Lucifer en su gobierno, sea ignorando sus honores como dinastía, sea generando alusión inmediata con las casas más distinguidas; se vio del todo libre de su influencia, al menos durante una generación del linaje real custodiado por Yahveh.
Este protocolo debe imperativamente dar inicio en el pasado, porque allí era dónde había que ir para comprobar la majestuosa y única opción de reino con estas características hasta la aparición de una excepción desprendida y al margen del implacable, despiadado e infatigable: TIEMPO.
Después de tantos miles de años, se dispuso la necesidad de superar y desbaratar toda medida de tiempo con tal de lograr el regreso de algo que ya en épocas de David, padre de Salomón, se consideraba "fuera de este mundo", mundo que se desdobló a sí mismo para volver a hacerse digno, contra toda previsión, de contemplar la sacudida de idónea proporción, capaz de desmontar cualquier fundamento, hasta el más chingón.
En el imperio del magnificente Rey de todos los reyes, llegó la exención del mundo antiguo y fue durante milenios la única referencia de Integridad gubernamental conocida, hasta el surgimiento del reino con nombre más sugestivo de la Tierra. Tan sugestivo que no se contentó en quedase en el pasado y se hizo un hueco de jurisprudencia inquebrantable que alcanza hasta el fin de este mundo repulsivo con prestigio de hospicio.
La historia de MENDA Lerenda se queda "corta" y, con satisfacción, inexistente a los pies del gran soberano David. MENDA Lerenda, pese a que nunca formará parte del pasado, fue levantada sobre cimientos de humildad de los que jamás será obligada a traspasar en pago de que perdure su libertad.
No aspira a convertirse en el reino más imponente de la historia. Puesto adjudicado eternamente al Salmista, quien supo convertir hasta las migajas de un hijo, en sabiduría de la más venerada por todas las civilizaciones de la Tierra. El asiento de MENDA Lerenda queda lejos de toda esa gloria, no fue concebida para igualarse a la mayor de todas las potencias, la paradoja que las vuelve idénticas encuentra descanso en el presente como nación de carácter más excepcional e inamovible, de destitución imposible.
Ni tan siquiera la destrucción total de la Tierra podría suponer en ningún modo el final de su jurisprudencia o dominio territorial. Surgió en este plano con objetivos innegociables: No convertirse jamás en leyenda, no existirá, en todas las formas de existencia, medida suficiente de tiempo que delimite su vigencia, ella es la cara de lo atemporal e incomprensible, que la astucia sólo sueña en desvendar, se construye y se reintegra allá donde la belleza alcance, el mayor anhelo del linaje de Yahveh le confiere silueta en calles adornadas de joyas, oro y diamantes.
Disfrazada de presente, convive entre reyes, nobles y soberanos, distinguiéndose a fuego contra los nacidos de la más atroz manipulación. Todo el que la descubre prueba el estupor de sus delicias, el manjar que completa y satisface hasta el más inepto de los sentidos. Por corta que se presente la fortuna y exposición a sus tesoros, sustancial quedará la grandeza de todos sus arcones ante el ojo expuesto.
Sus avanzadas aplacan el deterioro del tiempo, y por escudo se consagra al que estuvo al mando del David invicto. Contra sus fuerzas nunca desacatará espada ni ejército y contra su jurisdicción faltará tiempo que defina tribunal de igual elevación. Sus flamantes combates incesantes aquí y ahora, como arma definitiva que alcanza, hasta transciende, todas las eras, sin presenciar a ninguna donde un final para ella estableciera.